Por Fernando N. Molina

Nos encontramos en un momento bisagra de la historia en la que una ola de protestas de todo tipo y por las más variadas razones, explotan a lo largo y a lo ancho del mundo teniendo todas en común una crítica al distanciamiento de las élites en relación con los reclamos populares, como si se tratara de dos mundos separados entre sí. Por eso, quien asume el gobierno, por más que sea el emergente de los reclamos de las masas, apenas se hace cargo del mismo, recibe las mismas críticas que sus antecesores, como que la política condenara a todos los que se animan a hacerla.

Vuelan por el aire todos los modelos; en América Latina desde los socialismos bolivarianos al liberalismo chileno son cuestionados por masas a veces enojadas, y otras hasta indignadas o desesperadas. El cuestionado es cada gobierno de turno pero se trata de una crítica más profunda: es el cuestionamiento a toda la élite, por eso es tan frecuente que pululen tantos candidatos antisistema. Sin embargo, cuando estos ganan, también se exponen a la misma crítica que los demás. Es, entonces, un cuestionamiento a toda la política en general y es muy difícil conducir la antipolítica, tan difícil como entender sus razones u ofrecer soluciones.

Argentina no escapa a esa realidad, que deberán leer primero y mejor que nadie tanto los que ganaron como los que perdieron ayer.

No obstante, pese a una situación económica nada bondadosa, con una inflación y una pobreza crecientes, que se incrementaron aún más después de las PASO nacionales del pasado 11 de agosto, las reacciones populares en la Argentina fueron de algún modo cooptadas no por la antipolítica sino por las movilizaciones relacionadas con las elecciones, ya sea a través del voto popular, o de la gente en la calle vivando a sus candidatos. Acá, pese a todo, la política sigue conduciendo la realidad. El enojo de la gente se expresó a través de ella y por eso es que la política tuvo tanto que ver en que, aún con resultados similares, fueran tan distintas en números y en clima las elecciones de ayer en comparación con las PASO.

Las primarias fueron prácticamente un cheque en blanco para el peronismo triunfante y casi una sentencia de muerte para Cambiemos. Se diría que la sociedad castigó al partido gobernante tirándole con votos como si fueran piedras. Casi pidiéndole que se fuera. Un ciclón que invitaba al retorno del vamos por todo, como se vio en todos los aprendices de brujo que a partir de allí propusieron expropiaciones agrarias, liberación de delincuentes, prisión para periodistas y guillotinamiento de jueces. Los que lo propusieron no fueron precisamente personajes menores dentro del partido ganador.

Sin embargo, la democracia tiene razones que la antipolítica o los fanáticos no entienden y por eso, a través del debate en los atriles y en las calles, la racionalidad extraviada se pudo volver a reconstruir, llevando la colosal diferencia entre el peronismo y el macrismo en las PASO a otra mucho más razonable en el día de ayer. Entre otras cosas, porque la coalición oficialista que parecía destruida supo reconocer errores y hablar al pueblo de un modo que logró convocar multitudes casi imposibles de reunir -en estos días antipolíticos- en apoyo de algo que, en otros países, sólo se juntan para protestar por todo. Eso le dio, primero en las calles y ahora en las urnas, una fortaleza a quien será la segunda fuerza política del país, suficiente, si la usa bien, para controlar cualquier exceso por parte de la mayoría.

Fue la de ayer una elección que dio un resultado equilibrado y razonable. Prudente.

Convalidó el resultado de las PASO pero no ampliando sino minimizando las distancias, que no es lo que suele ocurrir. El macrismo obtuvo casi diez puntos más, mientras que el peronismo estuvo en sus porcentajes anteriores incluso con algún punto menos. El pueblo tamizó su bronca  inicial contra los que lo gobiernan y dio un ejemplo de equilibrio que el nuevo oficialismo deberá entender para que no le pase lo mismo que al que en diciembre se despedirá. Sobre todo teniendo en cuenta que el peronismo ganó amontonando a un montón de peronismos que ahora habrá que armonizar para que piensen parecido y puedan gobernar en conjunto, cuando aún no se sabe a ciencia cierta quién los mandará. Mientras, la nueva oposición está más unida, sobre todo a partir de las novedades que produjo con las multitudes apasionadas que le dieron el apoyo y que no parecen estar dispuestas a quitárselo pese a haber perdido.

En síntesis, los perdedores quedaron más contentos de lo que esperaban y, los ganadores, un poco menos contentos de lo que esperaban. Dos sentimientos que llaman más a la mesura y a la templanza que a los apasionamientos extremos o a los fanatismos. El clima que hoy más que nunca necesita la Argentina.

Si además de eso tenemos un nuevo oficialismo serio que en vez de intentar poner su pasado en el futuro lo que sólo conducirá al revanchismo y a la consecuente reacción de una oposición con pocas pulgas, se propone construir un país con todos y para todos, todo irá mejor. Pero ojo, no como ayer dijo Alberto Fernández, que propuso que el “Frente de todos” incluya a todos los argentinos, incluso a los que no los votaron. En absoluto, no se trata, otra vez, de que un partido pretenda absorber a todas las partes sino que cada cual tenga su propio espacio y todos sean respetados por el poder. La meta no puede ser nunca más la de que no quede un solo ladrillo que no sea peronista, sino que no haya un solo argentino discriminado o perseguido por el poder. En ello, y en mejorar la condición de vida del pueblo, se juega Alberto Fernández su paso a la historia.